Fuente : http://justiciaporfrancochilenodesaparecidos.blogspot.com/
Estamos acá a partir de un hecho puntual: en el mes de mayo en Francia
culminará el juicio por un grupo de franco-chilenos que permanecen al día de
hoy desaparecidos, después de haber sido detenidos y torturados por agentes del
estado chileno. Es, en este contexto, que surge la posibilidad, desde esta
facultad, de rendir un homenaje a mi papá, Alfonso Chanfreau. Este tipo de
eventos, actos, conmemoraciones o juicios, entre otras cosas permite o más bien
obliga a conectarse con lo que pasó en este país. Conectarse con los proyectos
sociales, políticos y de vida que fueron truncados por la Dictadura, conectarse
con y desde la propia experiencia. Llevo yo, en lo particular, unas semanas un
poco forzada a conectarme con lo que es la historia de este país e
indudablemente con mi propia historia.

De las mil y una cosas que se me cruzan por la cabeza respecto de la desaparición, me gustaría compartir un par de ideas sueltas. Siempre es difícil poder describir lo que esto significa, por la brutalidad de los hechos, por lo inentendible emocionalmente, pero sobre todo por la normalización que hemos “logrado” hacer los familiares y/o sobrevivientes, normalización potenciada por la forma en que la sociedad chilena ha no-tratado el tema, por la invisibilidad en la que este tema se sumerge.
Para sobrevivir y por tanto funcionar cotidianamente como si nada hubiese pasado, tratamos de ocultarnos los dolores, normalizar la vida, para así vivir con la ausencia, la perdida, la duda metida en el cuerpo, tan metida que no se ve, tan adentro que hablar de desaparición se vuelve banal, como si tener un padre desaparecido fuera tan simple como tener un papá abogado, oficinista o cesante, tan natural que consolamos a otros cuando se afligen por nuestro dolor, tan natural que a más de alguien espantamos con nuestro humor negro. Recuerdo hace unos años cuando se inauguró el preuniversitario popular Alfonso Chanfreau, en esta misma facultad, vine a hablar y el compañero que me presentó, lo hizo con tanto cuidado y respeto, pidiendo a la audiencia el mismo respeto, tanto que me descolocó un poco y dentro de este intento de normalización dije una brutalidad, y me cito con algo de pudor “no se preocupen, si no es tan terrible”; dije esto en un torpe intento de mostrarles que finalmente mi vida lograba ser como la de cualquiera, que yo al igual que ellos era estudiante, carreteaba, tenía pareja, participaba del movimiento estudiantil, era parte de ellos, una más.









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